No le atrajo el sol, sino la sombra. No vino por los toros, sino por los toreros. Todo era perfecto en su lugar de asueto: no habían ecos de sociedad; había sociedad. Y sin prensa que disturbara, Ava Gardner se bebió la noche hasta las tantas buscando tablaos flamencos y afterhours que esquivaran el toque de queda. Descubrió España porque vino a rodar. Y se quedó. Y aquí disfrutó y fue ella de verdad; sin fotógrafos que le abrumaran; con una sola cámara que tomara testimonio, la de un amigo. El animal más bello del mundo cambió Hollywood por Madrid, una ciudad que exprimió hasta el hartazgo. Y entonces decidió irse a Londres a descansar. Pero en España dejó corazones y copas rotas, camas deshechas y vidas marcadas. Y, lo mejor, imágenes que lo confiesan.

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